Llegué a tus aguas, a
tu triste puerto,
a tu caudal, edad
enamorada.
Para morir y renacer
advierto
mi vida sin usar, mi
voz prestada.
Ya me convocas para
todo asombro
y de obstinado fuego
me alimentas;
mientras tanto me
pasan en el hombro
tus fierros, tus palomas, tus tormentas.
tus fierros, tus palomas, tus tormentas.
(«Invocación a la
profunda adolescencia»)
Que el silencio
presida mi pavorosa angustia,
que nada en mí
pretenda huir de lo inevitable.
Para sufrir más tarde
el tiempo de las lágrimas
vivo ahora esta edad
de sed y aprendizaje.
(«Término»)
Maria Elena Walsh
(1947)

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